Esta ideología va en contra de nuestra Madre María

Esta ideología va en contra de nuestra Madre María

Hay muchas mujeres que parecen infelices, tal vez es porque aún no saben qué es lo que quieren las mujeres, o algo más importante “¿qué es lo que las mujeres necesitan?”. Sin duda alguna, la respuesta a estos cuestionamientos está en María, Virgen y Madre.

Esto tal vez en generaciones atrás habría sido una sugerencia normal, pero hoy es problemática incluso dentro de algunos círculos católicos, además despreciada por grandes segmentos del feminismo laicista. El principal punto de discordia son los títulos tradicionales de María como Virgen y Madre.

La virginidad como virtud laudable e ideal, enfrenta tiempos difíciles incluso en ambientes “católicos”, ¿Por qué? En el mundo occidental contemporáneo, todos nosotros fuimos sumergidos a lo largo de los últimos cincuenta años en la cultura del “todo el mundo lo hace”, refiriéndose al sexo fuera del matrimonio.

Es decir, que entender que María, como Virgen, es un modelo sublime para restaurar la felicidad que Dios quiere para las mujeres es algo difícil de vender en estos círculos, pero no imposible,

Sarah Hinlicky, hace algunos años escribió un ensayo fascinante y sabio titulado Virginidad subversiva, donde resume la visión de ese feminismo laicista sobre la sexualidad, aseguran que la sexualidad debe ser entendida mediante los conceptos-hermanos de “poder” y “elección”.

El objetivo de la sexualidad femenina sería afirmar su poder sobre los hombres infelices, para fines de control y venganza, placer egocéntrico o imposición de un compromiso.

La mujer que deja de expresarse en su actividad sexual sería víctima de una sociedad machista, que pretendería impedir a las mujeres ser poderosas. Además dicen también estas feministas, que la mujer que se vuelve sexualmente activa descubre su poder sobre los hombres y, supuestamente, lo ejerce para su valoración personal.

En resumen, la expresión sexual femenina sería un acto de poder personal y político, la virginidad según este punto de vista, sería un fracaso irresponsable en el ejercicio de ese poder.

La respuesta de Hinlicky a esta afirmación es incisiva:

Nadie puede reivindicar el control sobre una virgen. La virginidad no es una cuestión de demostrar poder con el fin de manipular. Es un rechazo a explorar y ser explorada. Este es el poder real y responsable.

Hay un llamamiento innegable en la virginidad, algo que escapa al despreciativo rótulo de “hipócrita” impuesto por el feminismo resentido. Una mujer virgen es un objeto de deseo inalcanzable y es precisamente esa inalcanzabilidad la que aumenta su deseabilidad.

El feminismo contó una mentira en defesa de su propia promiscuidad, o sea, la de que no hay poder sexual en la virginidad. Al contrario: la sexualidad virgen tiene un poder extraordinario y poco común.

No hay que adivinar nada en los motivos de una virgen: su fuerza viene de una fuente que está más allá de sus caprichos transitorios. Es sexualidad dedicada a la esperanza, al futuro, al amor marital, a los hijos y a Dios.

Su virginidad es, al mismo tiempo, una declaración de su madura independencia de los hombres. Ella permite que una mujer se vuelva una persona entera en su propio derecho, sin necesitar un hombre contra el que rebelarse o que complete lo que le falta.

Es realmente muy sencillo: no importa lo maravilloso, encantador, guapo, inteligente, atento, rico o persuasivo que sea; él simplemente no puede tenerla. La virgen está fuera de su alcance.

Ser virgen no significa que es una tonta o el juguete de alguien ni la posesión de nadie, ella muestra que está segura en su identidad e integridad. Además ella tiene el poder genuino y la libertad de declarar “si” o “no”.

María Virgen, es el claro ejemplo de esa libertad, ella aceptó a dar su “si” a la invitación divina, “hágase” a la llamada del Espíritu Santo, es la ilustración más sublime y más viva de la libertad de la virgen, el “si” de ella es libre, poderoso e inconmensurable.

Por otro lado, la maternidad es otro tesoro difícil de vender en nuestros días, como recuerda Jonathan Last en su perturbador libro What to Expect When No One’s Expecting [“Qué esperar cuando nadie espera”]. En la mayoría de los ambientes que se dicen católicos, no se oye hablar de “paternidad/maternidad generosa” o “heroica”.

Las feministas rechazan tanto la virginidad como la maternidad, al hacerlos rechazan el carisma profunda y vívido de la mujer, que es la capacidad de la autodonación, el genio femenino del “Don de sí” que san Juan Pablo II exaltó en su encíclica Mulieris Dignitatem.

Al rechazar a María como el icono de la Virgen y como el icono de la Madre ¿será una sorpresa que nuestra cultura esté tan llena de mujeres infelices?

La restauración de la felicidad destinada por Dios a las mujeres solo puede ser encontrada en María.